Perdido jazz duet

Algún día, en alguna plaza, mientras los niños corran a abrirse la cabeza sobre el pavimento gris y las madres miren el rojo, rojo, rojo de la sangre negra y los coches hagan sonar sus bocinas y las palomas revoloteen sobre viejas que llevan medias, algún día, nos volveremos a encontrar.

Pero no será como entonces, en el segundo piso de un viejo teatro abandonado, con mesas redondas y vasos rayados. ¿Recuerdas? No será como en el Baton Rouge, yo no seré una niña, tu no serás un hombre. Ya no habrá jazz, ni un piano de madera de roble sobre el escenario, ni un sexólogo enano sirviendo coñacs. Tus dedos volaban sobre las teclas y yo sobre ellas. El mundo era pequeño como un dedal. Bajaste del escenario arrastrando las últimas notas cosidas a tus dedos. Tu también eres pianista. La niña tembló ahogándose en las luces de terciopelo azul, con el sexo húmedo y la carne tibia. Sintiéndose pequeña bajo la sombra alargada de tus ojos fríos. Me gustaría que me tocaras algo. Es torpe, es tímida, es fea. ¿Qué quieres que te toque? ¿La recuerdas? Te reíste y me tocaste. ¿Me recuerdas? Tan dócil, tan asustada, tan dispuesta a humillarse. Y tu tan dispuesto a humillarme. Tocabas jazz en un viejo teatro con nombre de prostíbulo y brillantina de neón. Había mesas redondas y un viejo sexólogo servía coñacs en vasos rayados. Creo que el viejo era tu padre. Repartía tarjetas con un barco sobre un fondo blanco, pensaba que era elegante, que recordaba a París y a las moscas verdes de la orilla del Sena: Baton Rouge. Ese era tu teatro y yo tu puta. Tan torpe, tan tímida, tan dócil.

Algún día, en alguna plaza. Las mujeres aullarán de miedo bajo un cielo de nubes cambiantes, un camarero resbalará y la cerveza de una jarra fría correrá, amarilla y burbujeante, a fundirse con la sangre roja de tu cuerpo blanco. Y antes de morirte rodeado de ojos, bocas y manos que no podrán socorrerte, me reconocerás. Y sabrás que soy yo la que te está matando.

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