Encuadernaciones

El sueño de los virtuosos

Siempre que viajaban juntos ella caía dormida en los primeros cinco minutos. Él no decía nada, se limitaba a conducir con la vista fija en un horizonte de carreteras secundarias y mosquitos aplastados en el parabrisas. A veces ella cabeceaba, sobresaltada por un giro inesperado del volante o el carraspeo seco de la radio al saltar de frecuencia. Ya no hablaban en el coche. A veces ella tarareaba, la mirada perdida tras los árboles, cinco minutos, luego caía dormida. O fingía. Se fingía dormida, dulce, inocente, agotada. Era más fácil. Más fácil que reconocer que ya no tenían nada que decirse en esos viajes de carreteras secundarias y mosquitos aplastados.

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